“En su mundo doméstico, las mujeres volverán a ser, de nuevo mujeres”. Este es el discurso de la Alemania nazi basado en el darwinismo social en clave de género (las mujeres son inferiores a los hombres).
Cuando tratamos el tema de la mujer a lo largo de la historia es fácil darnos cuenta de que algunos grandes hombres intelectuales eran muy misóginos, despreciaban a la mujer, considerándola un mero objeto sexual. El ejemplo de Darwin es muy esclarecedor. Pero hay muchos nombres más como Aristóteles, Kant, Hegel, Shopenhauer y un largo etcétera.
Por no hablar de las ilustres figuras de la Iglésia católica. San Juan Crisóstomo decía que cuando la primera mujer habló provocó el pecado original. San Ambrosio decía que si a la mujer se le permite hablar, volverá a traer la ruina al hombre. La Iglesia en sí les prohíbe la palabra a las mujeres. Miren, si no, los musulmanes que les mutilan el sexo y les tapan la cara. Por no hablar de los judíos, que empiezan el día agradeciendo al Señor el no ser mujer.
No obstante, las mujeres siempre hemos ido tozudas y cabezotas, por desgracia para ellos. Nos han tenido como ignorantes, considerándonos inferiores, en todos los aspectos, respecto a ellos. Sabemos cocinar, coser (ya se encargaron ellos de crear toda una asignatura escolar dedicada a esta enseñanza y no al arte, por ejemplo), bordar, pero también sabemos sufrir, obedecer resignadas, abnegadas. Pero sobretodo sabemos ser esposas y madres, cuando no amantes. Ahí el listón está muy alto.
Durante mucho tiempo ha sido así, pero gran parte de la humanidad no lo sabe, no es consciente de los sufrimientos de las mujeres simplemente por ser eso, mujeres. Cuando alguna mujer se resignaba a obedecer y a cumplir los preceptos anteriormente mencionados escribiendo poemas, reflexionando, lanzando teorías, etc, los ecos masculinos la acaparaban y la hacían desaparecer. Claro, una mujer se encuentra en el estadio intermedio entre el niño y el animal (palabras de Proudhon). Para elogiar a un gran hombre se suele decir que detrás de él hay una gran mujer. Como si la mujer fuera un Paracetamol, un simple respaldo de silla.
Pero no vamos a adoptar el papel de víctimas, eso nunca. Todo lo contrario. Han existido, existen y existirán mujeres “rebeldes” e inconformistas que no tienen nada que ver con los parámetros anteriores. Hildegarda de Bingen (no podía recibir una digna educación, por lo que aprendió latín a escondidas en el cuarto donde su hermano recibía clases), Teresa (personaje de La Insoportable Levedad Del Ser, que se dedicaba a devorar libros mientras fregaba platos y soñaba con “aspirar a algo más”), Simone de Beauvoir, Betty Friedan, Frida Khalo, y un largo etcétera.
Sin embargo, existen otras mujeres que ni siquiera conocemos sus nombres pero que pudieron ser las más revolucionarias. Me refiero a las que están allí pintadas, en las cuevas, en los techos de las cavernas que vienen de lo que llamamos Prehistoria. Bisontes, arces, cabras, hombres, mujeres que no tienen edad. Aunque hace miles de años que fueron pintados, cada vez que alguien las mira renacen de nuevo.
Una se pregunta cómo pudieron ellos pintar tanta belleza. ¿Cómo pudieron ellos, o eran ellas?
Visca, visca, la lluita feminista!!!

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